Una letra. Un par de letras. Un grupo; una palabra. Dos palabras, tres, cuatro, cinco, seis. El cuerpo largo, fino y negro de un párrafo que festeja una orgía de letras enfurecidas y calmas, altas y bajas, tan redondas como círculos y tan delgadas como agujas. Así era como tomaban forma los pensamientos de Daniél en la hoja; estallaban en su cabeza, se reproducían en la red infinita de su mente y resbalando por su brazo, saltaban al papel donde alcanzaban la vida eterna.
Ese día, el ritual volvía a repetirse y como si se tratara de un gran pianista que tocaba su melodía favorita, Daniél deslizaba en el aire sus manos de un lado al otro con una destreza y velocidad sorprendente. Los dedos subían y bajaban, subían y bajaban precipitándose sin piedad sobre la máquina de escribir; luchando desesperados por la tinta que haría eternos sus pensamientos. Cada tecla guardaba y protegía aquella sustancia, pero los heridos caían y cada una de estas teclas dislocadas significaba un rastro de sangre; sangre negra que se esparcía en largos ríos de tinta sobre el papel: el preciado elixir.
En poco tiempo, el inmaculado blanco de la hoja se tornó de un negro azabache y aquél territorio se declaró bajo el dominio de Daniél.
El joven deslizó su mirada por sobre la hoja y los resultados de la guerra se le presentaron ante sus ojos. Leyó la última parte de su cuento; las heridas más recientes.
“(…) Finalmente el anciano cayó en la cuenta de que lo que respiraba no era aire y se quedó petrificado como si cualquier movimiento brusco pudiera desencadenar la catástrofe. Dejó de inmediato lo que estaba haciendo, volviéndose de piedra, sabiendo que bastaba una simple chispa dentro del recinto para que todo se volviera una bola de fuego. ¿Pero cómo había olvidado cerrar la llave de gas?… No recordaba siquiera haberla encendido.
La cabeza calva y temblorosa que retenía en su interior un mar embravecido de temores y sorpresas, giró dirigiendo la mirada a un reloj antiguo que colgaba de la pared.
Las seis en punto: el horario en que la chimenea automática se encendía como por arte de magia en aquellos tiempos fríos.
El rostro del anciano palideció al instante. Sorpresa, temor, sorpresa, temor. Una exclamación. Los ojos le saltaron de las órbitas al ver cómo las agujas dividían el ojo blanco del reloj en dos partes iguales, marcando la hora de su muerte. Sonó un chasquido y el viejo apergaminado atisbó sobre sus hombros una estrella que titiló en las fauces de la chimenea.
El infierno hizo presencia. Y el anciano se volvió negro, muy negro antes de morir”
Daniél meditó un momento antes de ponerle fin a su exitoso trabajo. Ganar la guerra sobre el papel no significaba conseguir el elixir de la vida de sus pensamientos, sino que aquella sustancia negra valiera la pena. Releyó de nuevo el final de su cuento y consideró que sólo faltaba el último paso, inevitable para todo escritor como él. Un acto tan penoso como placentero. Tan triste como alegre. Un dedo arremetió contra la primera letra y la herida se plasmó en la hoja. Un segundo ataque, un tercero. Tres heridas; tres letras. Y Daniél las leyó satisfecho.
“FIN”
Un chasquido lo sobresaltó, interrumpiendo su trabajo. Daniél miró por sobre sus hombros a la chimenea automática que lo había inspirado para terminar su historia. Pequeñas lenguas brillantes comenzaron a lamer la madera y un vago resplandor despertó en las paredes vestidas de libros. Luego, las cintas amarillas y rojas se fundieron en una sola que se replegó sobre los troncos, llenando la habitación con un agradable crepitar.
Daniél arrancó la hoja de la máquina de escribir y la guardó en uno de los cajones del escritorio, sintiéndose por fin satisfecho. La puerta del recinto se cerró tras el hombre.
A través de la ventana del cuarto cerrado, el horizonte tragó al sol incandescente para luego escupirlo pelado, y frío como un cráneo pálido. Con la luna llegó la noche y una cortina negra, taladrada por un millar de estrellas, cubrió el cielo. Una campanada brotó desde el reloj en la pared y se extendió por el silencio como ondas en la superficie del agua: anunciaba el paso de las horas; las pisadas de la noche.
Una, dos, tres veces más. Estalló otra campanada y las agujas del antiguo reloj que colgaba de la pared, giraron nuevamente. Una y otra más; los golpes metálicos dentro del reloj se repitieron y repitieron, mientras que en su superficie, las agujas jugaban carreras. La perla brillante de la luna resbaló por el cielo y de un momento a otro, el trazo brillante del alba rasgó la noche como el monstruoso resplandor de una bomba que estallaba del otro lado del mundo. Y ahora el mundo despertaba.
La mañana y la tarde pasaron galopando y la puerta del recinto se mantuvo cerrada, la ventana cerrada, el cajón del escritorio cerrado. Las agujas del antiguo reloj se perseguían una a otra a medida que las sombras en la habitación cobraban vida y se desplazaban por las bibliotecas, el escritorio y la máquina de escribir. El cuarto mutaba, las sombras se alargaban y distorsionaban, sin embargo, la puerta seguía cerrada, la ventana cerrada, el cajón del escritorio cerrado.
El reloj marcó a campanadas las cinco y media de la tarde y de pronto el cerrojo de la puerta se descorrió y un hombre entró. Sentándose en la butaca, Daniel abrió uno de los cajones del escritorio y sacó la hoja que mantenía con vida la historia que había creado. El elixir negro se extendía por la superficie del papel hasta las tres letras finales, que gritaban a toda voz el éxito del joven escritor.
Daniél se acomodó en la butaca y prestó atención a su obra, adentrándose en la historia de un anciano que casualmente moría en el mismo cuarto, con la misma chimenea y a los ojos del mismo reloj. Tomar un escenario de la realidad era algo nuevo para él, sin embargo encarnarlo en el papel le resultó tan placentero como inventarlo.
Tomó la hoja y comenzó la lectura.
Los párrafos se deslizaron frente a los ojos de Daniél y de pronto, su imaginación le trajo a la mente el escenario de la historia; una realidad paralela de papel, que le mostraba una biblioteca igual a la suya, una misma chimenea, un mismo escritorio y una misma butaca…
Pero no era Daniél el personaje que vivía de las letras del cuento, en aquella otra dimensión paralela. Era un anciano. La piel apergaminada, los ojos oscuros, y una boca carcomida por los años. Un simple anciano, un simple personaje que se sentaba en la butaca del escritorio.
Dentro de la mente de Daniél, la película comenzó a moverse y la historia del cuento fue desarrollándose hasta el final. Las imágenes vivieron. El viejo, su personaje, levantó la nariz inspirando y su rostro decrépito y aceitunado se contrajo en una expresión de sorpresa y de pronto se deformó de terror: el aire se esparcía con un olor penetrante, y la habitación se inundaba. El mar de arrugas se estremeció y el anciano levantó un brazo frágil como el cartón hacia uno de los cajones del escritorio. Lo abrió sintiendo como sus pulmones se llenaban inevitablemente de un aire distinto, peligroso y en sus manos agrietadas había ahora un papel. El anciano alimentó con torpeza la máquina de escribir que tenía enfrente y acomodó tembloroso el papel. Tenía una idea brillante.
Una extraña sensación impidió a Daniél seguir leyendo. ¿Un papel? Frunció el entrecejo; no recordaba haber escrito que su personaje tomaba una hoja y se disponía a escribir. Sin embargo, retomó la lectura motivado por la curiosidad, y las imágenes volvieron a la vida en su cabeza.
Uno de los dedos torcidos del anciano dio la primera estocada. Otro dedo acudió en ayuda. Otro y uno más, hasta que el ejército entero sacudió un millar de teclas, y la sangre oscura comenzó a cubrir el papel. El viejo pronto terminó de dar forma a su propio cuento, y la historia trataba sobre el mismo recinto, la misma ventana, el mismo escritorio, pero con un personaje mucho más joven que él. Y ese personaje se llamaba Daniél.
Sonreía mientras el FIN se recostó lentamente al término de la hoja. Acto seguido, el viejo comenzó a leer su propia obra, sabiendo que se estaba ahogando con aquél aire que se tornaba cada vez más denso, negro y cargado de olor a muerte.
Un segundo, un minuto, dos minutos. Cinco minutos. El anciano siguió la línea de las letras negras que le relataban la historia de un tal Daniel que trabajaba con la máquina de escribir que él mismo tenía enfrente y que lo había inspirado. Su cuento trataba sobre una realidad paralela, pero encerrada tras las rejas de tinta.
Leyó frenética y rápidamente el resultado de su obra, temiendo al fuego y a la extraña densidad del aire que oprimía sus pulmones. El anciano levantó un momento la mirada de los párrafos y la desvió hacia el reloj que le indicó el tiempo que restaba al encuentro con las llamas y el infierno. Las agujas se fusionaban en una sola, pero aquella pavorosa torre oscura todavía estaba algo torcida. Le quedaba poco tiempo antes de las seis, antes del chasquido de la chimenea que siseaba detrás suyo, murmurando un canto mortal: despidiendo aquél veneno que se mezclaba con el aire.
Los ojos vidriosos del anciano pronto llegaron a los últimos párrafos de aquella hoja que guardaba su cuento más reciente. Con gran alivio, suspiró, leyendo las tres letras finales que le arrancaron una sonrisa. Estaba satisfecho.
Daniél miró estupefacto el cuento desconocido como si hubiera despertado de una pesadilla. Como primera reacción, giró la hoja y las dos caras lo saludaron intactas. Ese no era su cuento, no era su historia. El personaje que describía su obra debía de haberse quedado petrificado mientras le llegaba la hora de morir quemado, y no comenzar a escribir quién sabe qué historia sobre el mismísimo Daniél. ¡¿Qué locura era esa?! Por un momento, la cordura de su cabeza tambaleó y la idea de que el personaje de su cuento lo había desafiado, se iluminó un instante.
Sorpresa, curiosidad, temor. ¿Qué había pasado con el final de su propio cuento? Se repetía una y otra vez que la habitación se había mantenido cerrada desde que había terminado de escribir la palabra FIN, y que ahora, aquellas tres letras se habían perdido en el papel que tenía en sus manos temblorosas. Él nunca dejaba un cuento sin terminar: definitivamente no era suyo.
Buscó en los demás cajones, diciéndose a sí mismo que se había equivocado de papel; abrió uno, dos, tres, cuatro cajones. La desesperación lo cegó. Con ojos frenéticos, volvió a leer las últimas líneas de la hoja que tenía enfrente.
Leyó hasta el final de todo, donde tres letras le arrancaron una sonrisa.
¿Cómo era posible que alguien inventara un cuento sobre un personaje que escribe una historia que tratara del mismísimo autor? ¿Para qué haría eso un personaje? Para vengarse, gritó su mente.
Daniel perdió el control; levantó con manos torpes y furiosas la máquina de escribir y la arrojó detrás suyo, a las fauces de la chimenea a oscuras. Inmediatamente después, sus manos temblorosas guardaron el cuento en uno de los cajones y lo cerraron con llave como si fuera peligroso.
Y entonces… un siseo.
Con los ojos desorbitados, el hombre giró sobre sus talones y observó aterrorizado cómo la máquina de escribir se había estrellado contra la chimenea automática y había destrozado gran parte de ella. El aire contaminado penetró en sus pulmones e inmediatamente, Daniél clavó su mirada en el antiguo reloj.
Las agujas estaban uniéndose en aquella pavorosa torre oscura.
La cordura desapareció agitándose en su mente la desquiciada idea de escribir por segunda vez la historia de un anciano que moría quemado en la misma butaca, frente al mismo escritorio y esta vez que no tuviera la posibilidad de salvarse de las intenciones de su amo, el autor. Daniél borraría de su cuento la máquina de escribir; volviendo imposible cualquier traición de su personaje.
El escritor tomó una hoja virgen del suelo con la intención de dejar bien en claro que ninguna criatura era capaz de revelarse contra su creador, pero cuando quiso comenzar, se dio cuenta de que la máquina de escribir no estaba en el escritorio, sino destrozada junto a la chimenea. Una exclamación y un grito ahogado brotó de Daniél: la verdad lo golpeó y comprendió el plan de su personaje. Sonó una campana y el hombre miró con los ojos fuera de sus cuencas al antiguo reloj.
La torre oscura se erigía estrecha, recta, perfecta, dividiendo a media naranja el reloj. Las seis en punto.
Un grupo de llamas todavía jugueteaba después del banquete, sobre los campos de cenizas. Por el hueco de la ventana rota se colaba el soplo de la noche que arremolinaba el polvo y agitaba lo que había quedado del reloj de pared, que seguía marcando la hora en la que se había detenido el tiempo.
No quedaban libros, bibliotecas, ni ventanas; y lo único que se mantenía virgen del tacto de las llamas era el interior de un cajón del escritorio carbonizado, que encerraba celosamente un papel.
Era un cuento que conservaba la vida de un astuto escritor que asesinaba a su personaje.