Archivo para febrero, 2008

¿De qué dados depende?

Posted in General on febrero 20, 2008 by agustinvidal
Era un silencio triste y vacío, tan vago que se dejaba llevar por la brisa.
La peregrinación se adentraba lentamente en el laberinto de mausoleos, como un arroyo negro de gente que se limitaba a mantener la cabeza gacha y seguir caminando. Los tacos de punta y los zapatos lustrados marcaban el ritmo de nuestra marcha, que pasaba ahora por debajo de una maraña esquelética de unos árboles pelados.
Caí en la cuenta de que estaba caminando sobre un mar de cuerpos. Qué terrible suena eso de esconder la muerte cuatro metros bajo tierra, como si quisiéramos olvidarnos de aquél final inminente.
Un ataúd de madera lustrosa nos dirigía a todos. Era increíble que en aquella pequeña caja de madera pudieran entrar todo lo que la persona había sido. Una colección fantástica de veinte años de proyectos, dolor y afectos.
Habría una silla libre ahora en la facultad. Habría un momento de silencio en las fiestas. Habría un vació infernal e irreparable en el pecho de la familia.
¿Por qué el azar es tan poco sabio?

¿Premonición?

Posted in General on febrero 5, 2008 by agustinvidal

Yo manejaba, y sentía como las ruedas tragaban el asfalto caliente cada vez más rápido, dejando atrás un mes entero de vacaciones en la montaña, aislados de las responsabilidades y la vida cotidiana.
Cerré los ojos unos segundos. Pero luego recapacité sobresaltado.
Sacudí la cabeza concentrándome en la línea negra que se desplegaba frente a mí, dividiendo a la mitad el desierto de arbustos. Miré a mi padre que dormía en el asiento del copiloto, con la cabeza hacia atrás y su mente afuera del auto, muy lejos de ahí. Mis ojos resbalaron hacia atrás; mi madre leyendo y mis hermanos viendo pasar el mundo por las ventanas.
Y entonces recuerdo que me desperté con una gran sacudida cuando las ruedas mordieron los límites del asfalto. Nuestro auto se desvió aún más, convirtiéndose en un cometa de tierra que derrapaba por el costado de la ruta a una velocidad increíble. Los gritos se alzaron detrás mío en el momento en que perdía total control del auto.
El tiempo se enlenteció y todo pareció sumergirse en agua. El centro de gravedad se invirtió y la línea del horizonte comenzó a girar vertiginosamente mientras las ventanillas iban estallando en una lluvia de vidrios. Perdí la conciencia.
No recuerdo cuánto tiempo habré estado colgando del cinturón de seguridad, pero cuando logré salir del auto arrastrándome, noté que las ruedas seguían girando al cielo. Fue sólo al alejarme que pude ver la pequeña llama lamiendo y tomando terreno por los intestinos metálicos del auto.
La realidad me golpeó en la cabeza y el pánico me hirvió la sangre; mi familia estaba viva pero con las puertas del auto encerrándolos a un destino ardiente. Logré escuchar un grito antes de que una bola de fuego se tragara todo. La explosión me impulsó varios metros atrás y terminé de espaldas al suelo, con los miembros entumecidos y sin poder levantarme, mientras mis ojos grababan a fuego la imagen de una columna de humo negro, que dividía el cielo llevándose a mi familia bien lejos.
Y entonces desperté. Estaba en el asiento trasero, con los ojos de mi padre encuadrados en el espejo retrovisor, mirándome mientras me preguntaba si quería manejar.

Sin palabras.

Posted in General on febrero 4, 2008 by agustinvidal

Espejismos de asfalto.

Posted in General on febrero 4, 2008 by agustinvidal

Hoy Buenos Aires ardía.
Un calor abrasador ondulaba los edificios de concreto y oprimía la ciudad entera evaporándola, rodeándola de un horizonte flameante.
El Sol parecía acercarse cada vez más. El tránsito hacía que las calles humeantes se trasformaran en ríos estancados de metal ardiente que avanzaba con la lentitud de roca fundida.
Yo caminaba al margen del gomoso asfalto, intentando pasar desapercibido por los rayos fulminantes del cielo encendido, pero era casi imposible mantenerme en el mismo camino con la marea de frentes perladas que se me venían encima. Rebaños enteros de gente rozándose sobre la vereda, escondiéndose del ojo de fuego. Las bocinas embotaban mis oídos, ahogando los resoplidos de la gente que iba a la par mía.
Sorteando puestos de diario y losas dislocadas fui abriéndome paso hasta que de pronto una plaza brotó del cemento urbano como un oasis.
La remera se me había adherido a la espalda como si fuese látex y me sentía desfallecer cuando una oleada de frescura me golpeó en la cara. Respiré profundamente aquél nuevo aire, tan ligero que me llegó a los pulmones secos y les devolvió la vida.
Me senté en un banco de madera para apreciar el pasto encharcado de las sombras de los árboles cuando una voz ronca sonó a mi espalda.
-¿Sabés jugar?
Desvié la mirada del verde y sobre mis hombros vi a un anciano sentado en una mesa de ladrillo a la cual me invitó con un ademán de su esquelético brazo. Fui a su encuentro y después de estrecharle la mano y asentir, lo ayudé a ubicar en silencio las fichas del tablero.
El tiempo se pasó entre piezas blancas y negras deslizándose por el tablero y derribándose unas a otras sobre el campo cuadriculado. Jaque-Mate. La voz gastada por la edad y el cigarrillo de mi contrincante cerró la batalla y dio por finalizado el juego estrechándome la mano.
-Bien jugado. Volvé cuando quieras.
Con una sonrisa me alejé del lugar, dispuesto a volver a la realidad de calor y ruido que me esperaba detrás de los árboles y plantas. El martillo del sol, descompuesto en un millar de ventanas y antenas me golpeó en los ojos, pero me sentía renovado para enfrentarlo.